"Los girasoles ciegos"es la única obra de Alberto Méndez, murió 11 meses después de su publicación.

Si tuviera que resumir el argumento de la novela en dos palabras, serían miedo y derrota. Dos sentimientos que conviven, que se alimentan, que se enredan línea a línea.

Me ha sorprendido la capacidad narrativa de su autor que mediante un lenguaje magistral mece dulcemente las palabras para hacer más asumible el temor, el dolor, el desbarato y la derrota a los personajes , mostrando a su vez a los lectores una exquisita forma de recuperar la memoria escondida (nunca olvidada) sin odios ni revanchismos de la cruda realidad de una guerra civil en la que todos a pesar de las proclamas de la victoría, perdieron.

Su fuerza reside en los hechos que se describen, las palabras buscan el equilibrio perdido dentro del caos de las emociones y la destrucción.

Nos cuenta cuatro historias:

La primera es la del fascista capitán Alegria, un rendido el día anterior a la toma de Madrid por las tropas nacionales que no desea participar de la victoria porque cree que los suyos no querían ganar una guerra sino matar a los otros. 

Fragmento:

“Ahora sabemos que el capitán Alegría eligió su propia muerte a ciegas, sin mirar el rostro furibundo del futuro que aguarda a las vidas trazadas al contrario. Eligió entremorir sin pasiones ni aspavientos, sin levantar la voz más allá del momento en que cruzó el campo de batalla, con las manos levantadas lo necesario para no parecer implorante y, ante un enemigo incrédulo, gritar una y otra vez «¡Soy un rendido!».
Bajo un aire tibio, transparente como un aroma, Madrid nocheaba en un silencio melancólico alterado sólo por el estallido apagado de los obuses cayendo sobre la ciudad con una cadencia litúrgica, no bélica. «Soy un rendido.» Durante dos o tres noches, nos consta, el capitán Alegría estuvo definiendo este momento. Es probable que se negara a decir «me rindo» porque esa frase respondería a algo congelado en un instante cuando la verdad es que él se había ido rindiendo poco a poco. Primero se rindió, después se entregó al enemigo. “

La segunda y quizás más desgarradora es la del "poeta sin versos" escondido en "las montañas donde el invierno pasa los inviernos", allí vive la muerte de su amada tras el parto del hijo de ambos. 

Fragmento:

"Elena ha muerto durante el parto. No he sido capaz de mantenerla a este lado de la vida. Sorprendentemente el niño está vivo.
Ahí está, desmadejado y convulsivo sobre un lienzo limpio al lado de su madre muerta. Y yo no sé qué hacer. No me atrevo a tocarlo. Seguramente le dejaré morir junto a su madre, que sabrá cuidar de un alma niña y le enseñará a reír, si es que hay un sitio para que las almas rían. Ya no huiremos a Francia. Sin Elena no quiero llegar hasta el fin del camino. Sin Elena no hay camino.
¿Cómo se corrige el error de estar vivo? ¡He visto muchos muertos pero no he aprendido cómo se muere uno!
\... No aprendí a sortear la pena y la pena me ha amputado a Elena con su dalle. Además yo sólo sé escribir y contar cuentos. Nadie me enseñó a hablar estando solo ni nadie me enseñó a proteger la vida de la muerte. Escribo porque no quiero recordar cómo se reza ni cómo se maldice. ...\"

La tercera es la lucha de Juan Serna por ganar un día más de vida con las mentiras que cuenta al coronel Eymar y esposa sobre su hijo, el coronel franquista formaba parte del tribunal que habría de mandarle al paredón.

Fragmento:

...\ Con la turbación con que se pronuncia un sortilegio, Juan Senra, profesor de chelo, dijo sí y, sin saberlo, salvó momentáneamente su vida.....
… \Cuando le trasladaron al anochecer junto con una reata de presos a la cárcel, no supo bien por qué todos fueron enviados a la cuarta galería y él, sin embargo, a la segunda. La cárcel tenía una jerarquía perfectamente establecida: en la segunda galería esperaban los que iban a ser condenados a muerte, en la cuarta contaban los minutos quienes ya habían sido condenados. De los casi trescientos hombres que se hacinaban en el corredor habilitado como celda colectiva, más de la mitad le rodearon al verle entrar acosándole con preguntas que pretendían explicar lo inexplicable. ¿Te han absuelto? ¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te has librado? ¿Qué te han hecho...? Tenía que haber una razón muy poderosa para regresar a la segunda galería.
—No sé, me he desmayado y me han traído aquí otra vez.
—¿Te han torturado?
—No, ha sido el miedo, me imagino.
Si hubiera tenido aliento suficiente, habría tratado de explicar lo sucedido, pero no superó el pudor y guardó silencio. Cuando algo es inexplicable, aventurar una razón plausible es lo mismo que mentir porque los que necesitan administrar verdades suelen llamar a la confusión mentira.

La cuarta es la de un sacerdote obsesionado por la madre de uno de sus alumnos a la que cree viuda, ignora que en una armario escondido tras un espejo se esconde su marido republicano.

Fragmento:

... \"Hoy pienso, Padre, que me llamó la atención algo que le distinguía de los demás: era un niño triste pero con una serenidad extraña para su edad. En sus juegos sin discordia, en su obediencia sin sumisión, en su interés por aprender y su orgullo por saber, en su silencio... Quizá su infancia me recordó la mía y quise revivir en aquel párvulo el niño que yo fui. Pensé que sería un buen pastor en nuestra Iglesia. ¡Ay de mí! Noté algunas otras diferencias: recuerdo que, cuando todos los alumnos en fila, antes de salir del colegio, formaban marcialmente y entonaban el Cara al sol al atardecer como despedida de una jornada de jubiloso aprendizaje, Lorenzo no compartía el espíritu de Flecha que sus compañeros demostraban. Mantenía, sí, la compostura, pero un día me acerqué a él sigilosamente por detrás y advertí con sorpresa que mantenía el brazo en alto, movía los labios, pero no cantaba. ¡Le pedíamos amor a su Patria y nos devolvía su silencio!
Le castigué a no abandonar aquel patio si no cantaba el himno completo, pero no cantó. Se mantuvo erguido y con el brazo en alto aunque ni siquiera comenzó la primera estrofa. No sé si prevaleció en mí la ira por su rebeldía o la dicha por la oportunidad de doblegar con mi autoridad a un hijo impío de un siglo sin fe. «¡Canta», le ordené, «es el himno de los que quieren dar la vida por su Patria!»
«Mi hijo no quiere morir por nadie, quiere vivir para mí», dijo una voz suave y melosa a mis espaldas. Me volví y era ella.
Ahora comprendo la frase del Eclesiastés: La mirada de una mujer hermosa, pero sin virtud, abrasa como el fuego. Yo ignoraba entonces que así nacía mi desvarío.\"

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Todas podrían enmarcarse en la historia de cualquier familia que sufrió aquellos tiempos, la mía propia tiene elementos coincidentes con una de ellas. Podrían ser muchos de los dolorosos recuerdos que ocultaban nuestros abuelos, secretos escondidos que sólo se contaban en voz baja cuando la distancia en el tiempo y la intimidad del hogar ofrecían la seguridad necesaria.

Aconsejo su lectura, no sólo por los relatos sino por la espléndida literatura que nos ofrece. Espero que la película que ahora se estrena no sea una mala adaptación más destinada al fracaso.